A propósito del libro “Rimas Crepusculares”, de Florentino Bustos.

Por : Segundo Bustos Montenegro-

El pasado domingo 14 de febrero se conmemoraron 50 años del fallecimiento del poeta Ipialeño Florentino Bustos Estupiñán (893-1971), llamado y reconocido por el pueblo Nariñenses como ‘El Poeta Bustos’. Su sobrino-nieto, J. Mauricio Chaves Bustos, en 2017, público una completa recopilación de la obra de este insigne cultor del verso y periodista consagrado en el libro “Rimas Crepusculares.

Segundo Bustos Montenegro, maestro en Literatura y Docencia Universitaria, profesor universitario, conmemorando, esta fecha tan especial para la literatura nariñense, presenta este ensayo a propósito del libro ‘Rimas Crepusculares’, de Florentino Bustos E.

El hombre, el ser humano es un Ser situado, o mejor, un ser en situación; marcado y demarcado respecto a un aquí y a un ahora; con el poder de decir o callar sobre sí mismo o acerca de las afectaciones que vive y padece con el mundo y con su mundo. Se interroga sobre su “ser ahí” y sobre su “estar ahí”… Siguiendo a Heidegger con la idea de que “todo preguntar es un buscar.

Todo buscar tiene su dirección previa que le viene de lo buscado”, pareciera como que quien indaga buscara formas y maneras a través de las cuales quisiera o hasta pudiera expresar lo que siente y piensa un “ser-en-el-mundo”. Aquí, “la expresión, la enunciación inteligible lo es todo”; por lo tanto, se requieren tácticas y técnicas para emitir o mostrar la tarea y el oficio de pensar en diversos estilos de habla, en voces que cantan o en voces que cantan y encantan.

Por medio del lenguaje el hombre comparte con otros sus aprehensiones y vivencias del medio que habita. La palabra con su poder creador y organizador configura entornos a partir de los cuales el ver y el oír se constituyen en perspectivas que modifican lo visto y lo dicho en presencias distintas donde se expone la creación poética y se hacen visibles huellas del discurso poético que, una vez señaladas, permiten oír, no al hablante sino a su logos, porque “al hablar le son inherentes oír y callar”.

De las múltiples experiencias con la palabra, la más admirable es la que pone en escena la vida o algunos aspectos de ella alusivos a un hablante, que con trabajo y tesón va más allá del arraigo local, gracias al vuelo del pensamiento y a la fuerza transformadora de la “experiencia poética del habla” que diferencia y caracteriza la creación literaria con y por la cual el rebelde y revolucionario (el poeta) provocan las crisis en el universo del lenguaje enfrentadas por el escritor en el territorio de la literatura. En otras palabras, “se es escritor no por el lugar en que se nace, sino por la singularidad del trabajo con las palabras”.

Quien crea con la palabra y produce por la palabra y transforma lo que dice la palabra, no requiere nada específico del mundo, todo lo tiene, está ahí para mirarlo, palparlo, escucharlo, olerlo, sentirlo, puesto que cuando se vive el mundo y se lo verbaliza se acepta que referirse a él no exige discriminaciones porque “cada quien saborea la palabra a la altura de sus labios, y muchas veces se convierte en sensación en la boca”.

Un poeta se apega al mundo, se mide con él, viaja en el tiempo porque se eterniza en la palabra escrita. “Toda palabra requiere un alejamiento de la realidad a la que se refiere; toda palabra es también una liberación de quien lo dice…”

Lo que expresa el poeta sobre el mundo, no dice lo que el mundo es, sino como lo admira y lo contempla y qué provoca en el poeta esa realidad interiorizada. Lo manifiesto en un poema es el sentir de quien lo crea, como reacción a la causa de ciertas afectaciones. No interesa la relación entre el decir y de quien se dice, menos quién lo dice. El lector de poesía se centra en cómo lo dice el poeta, no para reconocer qué le inspiró a éste, tal vez sí para comprender qué mira el poeta en lo que oye y qué escucha en lo que ve…

… murmullos, rumores, susurros portadores de belleza que sólo puede apreciarla quien se fija en lo dicho en el poema, porque su hacedor (creador) despierta confianza en la medida en que su decir es sincero: “la poesía no es complaciente. No paga derechos por su existencia ni hace canjes de bienes por palabras. Más bien obra de manera inquietante y turbadora. No se vende porque se vende”, dice Olga Orozco.

Antes de hablar de Florentino Bustos Estupiñán y lo que hizo (su obra), felicito y admiro a Mauricio Chaves Bustos por su singular trabajo de arqueólogo, que descubre mediante sus pesquisas cada fragmento del poeta hasta llegar casi al punto de estructurar la obra de don Florentino a partir de la variedad de hallazgos ubicados y localizados en distintos contextos espacio-temporales.

Mauricio sigue un derrotero en su investigación, en dirección contraria a la huella que sigue un cazador; Chaves Bustos sigue un rastro, buscando el indicio para a partir de éste borrar el paso mediado entre el camino y la pisada del primero que lo transitó. Para quien dude si es “completa la obra del poeta Bustos Estupiñán” el mencionado investigador podrá reaccionar con las palabras que Sherlok Holmes dirige al doctor Watson: “No lograré nunca hacerle comprender la importancia de unas mangas… a los asuntos tan importantes que dependen de un cordón”.

Respecto a la sumatoria (obra) de escritos por Florentino Bustos Estupiñán, vale la pena preguntar con Michael Foucault: “entre las innumerables huellas dejadas por alguien después de su muerte ¿cómo se pude definir una obra?”.

Este interrogante permanece como tal para quienes pretenden acceder a los versos del poeta Bustos Estupiñán con la convicción de que los poetas y sus lectores son seres “sentipensantes” que asisten a un encuentro que se realiza en el escenario del lenguaje donde se pone en acto el poema y el poeta en su poesía. Ahí el autor “regala al pensamiento de la pregunta por el ser / para su paso atrás / las palabras conductoras”.

Aquí está, aquí tenemos el trabajo de Mauricio que, con la responsabilidad y compromiso de “un restaurador”, revive y muestra, sin perder detalle, en esta investigación –en una unidad de lo diverso- los escritos literarios del poeta Bustos. Quienes nos interesamos y sentimos curiosidad por leer esta compilación y disfrutar con ella el “poder de la escritura” que muestra, más allá del silencia, la figura del poeta en sus intentos y pretensiones de hacer visible lo oculto de su ser cifrado y descifrado en sus escritos, hagamos de estas Rimas Crepusculares “un objeto de deseo”, advirtiendo que las impresiones sobre ellas tienen la señal de ese deseo y de la pasión que anima su lectura: “para este fin se dio al hombre el más peligroso de los bienes: el lenguaje, para que dé testimonio de lo que él es”, dice Martín Heidegger.

Sin entrar a considerar la “angustia de las influencias”, afirmo que al poeta Bustos se lo puede inscribir en el grupo de los “autores románticos” y por lo tanto, cómplice y solidario de los “sujetos problematizados” con y por su participación en acontecimientos y eventos establecidos por tradición en hitos, leyendas y personajes que se constituyen en símbolos que representan formas de vida, de pensamientos y comportamientos cercanos a ciertos contextos geográficos y a comunidades específicas.

En estas circunstancias, el centro y contenido de la poesía lírica es un “sujeto poético”: el poeta; para hablar de él se recurre a la biografía y a datos íntimos de su vida. Tomando los lugares comunes acerca de la relación entre lo interior y lo exterior, me atrevo a glosar algo sobre el romanticismo.

En buena parte del siglo XIX se difundió la concepción del yo acorde con los planteamientos de Fichte referidos al “yo absoluto” y la consideración del arte como vínculo entre la naturaleza y el espíritu, en el pensamiento de Schiller. En este marco se resalta la expresión poética y la figura del poeta como creador y re-creador de mundos cuya subjetividad trasciende el “alma del mundo” que viaja a través de la resonancia portando esa “otra voz…”

En Francia, a mediados del siglo XIX con Baudelaire, Rimbaud y Mallarme se pone a la vista una nueva imagen del sujeto poético y, por consiguiente, otra concepción del sujeto lírico que asume su yo afectado por las circunstancias y sucesos en el panorama de lo universal que el lenguaje manifiesta y el sujeto poético se expone a la mirada de “los críticos” tendientes más a centrarse en el hombre, fijando la atención en “esa Vida espiritual que es la creación poética”.

Florentino Bustos Estupiñán escribe sobre lo más cercano a él: su medio ambiente físico, social y cultural vivido, padecido y observado con la certeza de un hombre “conservador”, fiel a sus creencias e ideales, seguro ante las opiniones y posibilidades para las cuales la espera se convierte en fuerza que anima la toma de una decisión: “el poeta habla de aquello que está próximo a su sensibilidad y a sus ideas, a su necesidad y a su empeño”.

Don Florentino Bustos llevaba una vida de Poeta: una actitud contemplativa de la naturaleza y de la gente, pensando en lo cotidiano, lo habitual, lo de todos los días. Su existencia está poetizada, plasmada en sus versos, en sus conversaciones; lo que a muchos que no tenemos ese don se nos escapa, es presentado y expresado en la escritura del bardo nariñense. Su forma de vida le permitió también una postura moderada de escucha ante los problemas y dificultades, incluso refiriéndose a ellos con humar. Como si en y con sus poema divirtiera: “sólo cuando lo demasiado silencioso te llama /alcanzas la escucha, /encuentras lo ya largo tiempo/ repasado en la palabra, / agradecido porque el mundo pasó a tu lado”.

El poeta tiene un tribunal de juicio que le llevó, por así decirlo, “más allá del bien y del mal” mostrando su firmeza de hombre honesto, respetuoso y confiable, como sin duda lo fue; es decir, con su carácter y sus dones de “humano demasiado humano”. Quizás asumiendo la sabiduría de Heráclito: “para los hombres bello y feo, bueno y malo, justo e injusto; para los dioses todo es justo, pues es lo que tiene que acontecer”. El no haber sido juzgado, en vida, por “académicos e intelectuales” en Ipiales y en cualquier otro lugar, no es para el poeta Bustos obstáculo para su mérito; pues, el testimonio y el recuerdo de su vida poética permanece en la memoria viviente de su pueblo. Se sabe lo artificiosas que son las denominadas “producciones académicas”, producciones de escritorio, que aun publicadas, duermen abrigadas por el papel editorial, sin uso ni abuso por parte de la gente…, seguro que don Florentino ante esto que he dicho aceptaría las palabras de Jaime Sabines referidas a la retórica antiacadémica: “me avergüenzo de mi hasta los pelos / por tratar de escribir estas cosas / maldito el que crea que esto es un poema!”.

Las preguntas qué escribir, para qué y por qué se escribe son pertinentes y de pronto necesarias para que responda quien tiene el oficio de escribir; pero para atender la recepción de lo que escribe no interesa preguntar ni preguntarse para quién se escribe. Sin embargo, y como advertencia para re-conocer por qué un poeta es admirado, replico las bellas palabras de Juan David García Bacca en el prólogo de su traducción del texto de Martín Heidegger, Hölderlin y la esencia de la poesía: “ante el fermentario poético literario (…) tiene que llegar un momento en que literatos, poetas, filósofos, se pregunten por la esencia de la poesía por qué es poesía y por qué es poeta, sorprendidos los poetas de que ellos, en cuanto hombres, nazcan y vengan al mundo, al actual amueblado de ciencia y técnica, esas extrañas maravillas, extranjeras y peregrinas que son los poemas… Que hagan historia es la cuestión y respuesta a qué es poesía y qué es ser poeta”.

Para dar término a esta (mi) tediosa habladuría, me atrevo a “recomendar” uno de los poemas de Nicolás Florentino Bustos Estupiñán en el cual, y a mi modo de ver, se puede apreciar “el arte poética” de su autor:

 

Mi Musa

 

Mi musa es una novia: rebelde y sensitiva,

de labios purpurinos, cual fúlgido rubí;

de ruborosa frente, con su mirada esquiva,

risueña su hermosura la ostenta para mí.

Mi musa es una ninfa: magnánima y altiva;

ufana, en lides francas se viste de turquí;

enfurecida en veces, todo el ajenjo liba,

detesta hasta las mieles que gusta el colibrí.

Mi musa siente y llora…, las notas sonorosas,

escritas otros tiempos con gravidez y esplín;

son los flébiles nardos, son las mórbidas rosas;

que siempre hay! flotando del mar en el confín;

mi musa, canta y ríe del ritmo a su compás,

nimbada por la gloria…, no callará jamás…!

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